Fue uno de los más grandes sabios contemporáneos de la India. Su vida es, sin ninguna duda, un verdadero ejemplo de realización y plenitud.
Ramana Maharshi nació el 29 de diciembre de 1879 en Tiruchuli, en el estado de Tamal Nadu (ex Madrâs, al sur de la India). Fue uno de los hijos de un abogado rural llamado Sundaram Ayyar y el nombre de Venkatarâmana, del cual Ramana es una abreviatura.
En 1896, Venkataraman, este muchacho de dieciséis años de edad, estaba sólo en una habitación de la planta superior de la casa de su tío en Madurai (cerca de la punta austral de la India) cuando repentinamente fue atenazado por un intenso temor de la muerte. En los minutos siguientes pasó por una experiencia de muerte simulada durante la cual devino conscientemente consciente por primera vez de que su naturaleza real era imperecedera y de que no tenía ninguna relación con el cuerpo, la mente o la personalidad.
Muchas gentes han contado experiencias inesperadas similares pero son casi invariablemente pasajeras. En el caso de Venkataraman la experiencia fue permanente e irreversible. Desde aquel tiempo en adelante su consciencia de ser una persona individual cesó de existir y nunca funcionó en él de nuevo. Venkataraman, dejó a su familia y, llevado por un impulso interior, recorrió lentamente su camino hacia Arunachala, una montaña sagrada y centro de peregrinación en la India del Sur. A su llegada arrojó todo su dinero y posesiones y se abandonó a una recién descubierta consciencia de que su naturaleza real era sin forma, inmanente. Su absorción en esta consciencia fue tan intensa que se olvidó completamente de su cuerpo y del mundo.
Después de dos o tres años en este estado comenzó a retornar lentamente a la normalidad física, un proceso que no se completó del todo durante varios años. En el lenguaje Hindú, él había «realizado el Sí mismo»; es decir, se había dado cuenta por experiencia directa de que no existe nada aparte de una consciencia indivisible y universal.
La elección de Arunachala estaba lejos de ser una cuestión de azar. A todo lo largo de su breve vida él había asociado siempre el nombre de Arunachala con Dios. La montaña misma había sido considerada desde hacía mucho tiempo por los Hindúes como una manifestación de Siva, una divinidad Hindú, y en los años posteriores Venkataraman a menudo decía que fue el poder espiritual de Arunachala lo que había llevado a cabo su realización del Sí mismo. Su amor por la montaña fue tan grande que desde el día en que llegó allí en 1896 hasta su muerte en 1950 nunca se le pudo persuadir para alejarse más allá de dos millas de su base.
Después de vivir unos cuantos años en la falda de la montaña su presencia consciencial interior comenzó a manifestarse como una irradiación espiritual exterior. Esta irradiación atrajo a un pequeño círculo de seguidores y, aunque él permanecía silente la mayor parte del tiempo, emprendió una carrera de enseñanza. Uno de sus más tempranos seguidores, impresionado por la evidente santidad y sabiduría del joven, decidió renombrarle Bhagavan Sri Ramana Maharshi (Bhagavan significa Señor o Dios, Sri es un título honorífico Indio, Ramana es una contracción de Venkataraman, y Maharshi significa «gran veedor» en Sánscrito).
En esta etapa de su vida, Sri Ramana hablaba muy poco de modo que sus enseñanzas se transmitían de una manera inusual. En lugar de dar instrucciones verbales, emanaba de él constantemente una fuerza o poder silente que aquietaba las mentes de aquellos que lo captaban y que ocasionalmente les daba incluso una experiencia directa del estado en el cual él mismo estaba perpetuamente inmerso. En años posteriores devino más dispuesto a dar enseñanzas verbales, pero inclusive entonces, las enseñanzas silentes siempre estaban disponibles para aquellos que eran capaces de hacer buen uso de ellas.
A medida que pasaban los años se hacía cada vez más famoso. Una comunidad creció en torno a él, miles de visitantes se congregaron para verle y durante los últimos veinte años de su vida fue ampliamente considerado como el hombre santo más popular y venerado de la India. Fueran cuales fueran sus razones para venir, casi todo el que entraba en contacto con él quedaba impresionado por su simplicidad y su humildad. Participaba en el trabajo comunal y durante muchos años estuvo levantándose a las tres de la mañana para preparar la comida para los residentes del ashram.
A lo largo de todo este período (1925-1950) el centro de la vida del ashram era la pequeña sala donde Sri Ramana vivía, dormía y recibía. Pasaba la mayor parte de su día sentado en un rincón irradiando su poder silente y acogiendo simultáneamente las preguntas del constante flujo de visitantes que descendían sobre él desde todos los rincones del globo.
Discipulo: ¿Cómo debe comenzar esta práctica un principiante?.
Maestro: La mente se sumergirá solamente por medio de «¿Quién soy yo?». Si surgen otros pensamientos uno debe, sin intentar completarlos, indagar «¿A quién surgen?». ¿Qué importa si surgen muchos pensamientos?. En el momento mismo en que cada pensamiento surge, si uno indaga vigilantemente «¿A quién ha surgido?», se sabrá «A mí». Si uno indaga entonces «¿Quién soy yo?», la mente se volverá hacia su fuente [el Sí mismo] y el pensamiento que había surgido también se sumergirá. Practicando así repetidamente, el poder de la mente para morar en su fuente aumenta. Aunque las tendencias hacia los objetos de los sentidos [vishaya vasanas], las cuales han estado recurriendo a través de las edades, surgen innumerables como las olas del océano, todas ellas perecerán a medida que la meditación sobre la propia naturaleza de uno deviene cada vez más intensa.
Lo mismo que un buscador de perlas, atando una piedra a su cintura, se hunde en el mar y toma la perla que yace en el fondo, así también cada uno, sumergiéndose profundamente dentro de sí mismo con el no-apego, puede alcanzar la perla del Sí mismo. Sólo indagar «¿Quién soy yo que está en esclavitud?» y conocer la propia naturaleza real de uno [swarupa] es liberación. Mantener siempre la mente fija sólo en el Sí mismo se llama «indagación de sí mismo» [vichara], mientras que la meditación [dhyana] es pensar que uno mismo es lo absoluto [Brahman], lo cual es existencia-consciencia-felicidad [sat-chit-ananda].
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